El surrealismo telúrico y la diáspora cubana

A los que sueñan con dos lunas

I. Génesis y diáspora.

Toda obra pictórica nace de un desplazamiento interior. En el caso de Juan Francisco Cancio Lazo, ese desplazamiento es doble: geográfico y metafísico. Desde la isla natal hasta las montañas de Salta, su pintura traza una cartografía emocional de la diáspora cubana, un exilio que no sólo ocurre en el espacio, sino en el alma. En sus lienzos se respira la nostalgia de una tierra que no se abandona del todo: la Cuba interior, líquida, solar, mítica.

Cancio Lazo parece haber comprendido que el paisaje es una memoria que nos observa. Por eso sus horizontes no pertenecen al realismo ni al sueño, sino a una zona intermedia donde la materia conserva la voz de lo sagrado. El pintor no se limita a representar la naturaleza: la reencanta. Cada colina, cada lago o casa suspendida en el aire, es una metáfora de lo telúrico, de la raíz que vibra bajo la pintura.

En esta primera etapa de su obra, el paisaje se convierte en una forma de confesión. No hay testimonio más puro que el del que contempla el mundo con la certeza de que toda tierra guarda una patria perdida. La diáspora, entonces, no es ausencia, sino transformación: el artista se vuelve médium de una identidad que respira entre dos orillas.lt.

The sun setting through a dense forest.
Wind turbines standing on a grassy plain, against a blue sky.
The sun shining over a ridge leading down into the shore. In the distance, a car drives down a road.
The sun shining over a ridge leading down into the shore. In the distance, a car drives down a road.

II. La materia y el sueño.

El surrealismo de Cancio Lazo no se inscribe en la tradición onírica de Breton ni en el automatismo del inconsciente europeo. Su surrealismo es telúrico, nacido de la intuición caribeña, de los mitos del agua, de la luz solar que rompe las formas. En sus obras, lo surreal no es un artificio, sino una emanación natural de la tierra y del tiempo.

Las figuras humanas —cuando aparecen— se diluyen entre montes y vapores; las casas flotan, los árboles parecen recordar. La perspectiva se disuelve para dar lugar a un espacio emocional, donde los elementos dialogan más por resonancia que por razón. Esta disolución formal abre paso a una poética de lo invisible: los colores no son tonos, sino climas espirituales.

El gesto pictórico es calmo, deliberado. El artista no lucha con la materia, la escucha. Cada trazo es una conversación con la sustancia primordial del mundo. Hay en su técnica un respeto antiguo por la alquimia de los pigmentos y por la vibración de la luz. Lo matérico no se opone al espíritu; lo sostiene.

El resultado es una pintura que parece respirar. Las montañas no son paisajes exteriores, sino estados del alma. Lo vegetal adquiere una textura casi carnal; los cielos, una gravedad interior. Cancio Lazo logra que lo surreal se vuelva terreno, que lo simbólico tenga peso, que el misterio se vuelva palpable.

III. El legado simbólico.

Si el exilio es una herida, el arte es su cicatriz luminosa. En la obra de Cancio Lazo, la pintura se convierte en una forma de reconciliación entre lo visible y lo invisible, entre la raíz y el vuelo. Su surrealismo telúrico ofrece una lectura de la identidad cubana más allá de la historia política: una identidad vibrante, espiritual, en constante metamorfosis.

El legado de su obra no se mide en términos de escuela o movimiento, sino en su capacidad de revelar un modo de sentir el mundo. Su pintura no pretende definir una geografía, sino fundar una nueva: aquella donde la tierra y el sueño se tocan. En ese contacto se abre un territorio simbólico que pertenece a todos los que viven entre dos lunas —la de la memoria y la del porvenir.

Desde esa tensión entre arraigo y vuelo, Cancio Lazo ofrece un puente poético entre Cuba y el noroeste argentino, entre el Caribe y los Andes. Su obra no busca conciliar los paisajes, sino hacerlos dialogar en una misma vibración. Lo que queda es un legado de imágenes que no pertenecen a un país, sino a un estado de conciencia: la certeza de que la pintura puede devolverle a la materia su alma.

Así, su surrealismo se vuelve testamento y oración. A través de sus lienzos, Cancio Lazo devuelve al espectador una pregunta que sólo el arte puede formular: ¿de qué tierra son los sueños cuando ya no tenemos una sola?

Heruleo de Llers
Ensayista y académico.